La libreta que ella le leía por las noches era el expediente completo de la investigación, que había conseguido con paciencia. Y todas las noches, le leía el mismo párrafo: «El conductor no tuvo responsabilidad alguna en el hecho».
—Me dijo que hacía falta que alguien me lo repitiera hasta que yo lo creyera —susurró mi padre—. Y yo, por primera vez en treinta años, duermo toda la noche.
Lo que aprendí aquella semana
Esa tarde conocí a Lorena. Me miró con una desconfianza que no merecía, y yo le pedí perdón por haber pensado lo peor sin siquiera conocerla. Me contestó con una sonrisa cansada:
—Tu padre me devolvió la paz. Yo solo quería devolverle un poco.
Hoy mis hermanos y yo nos turnamos para visitar a papá, y Lorena sigue viniendo los viernes, sin que nadie se lo pida. Mi padre ya no llora cuando ella lee. A veces, hasta se ríe.