Me reí.
—Papá, quizá simplemente le molesta el sonido del teléfono.
Pero mi padre respondió con seriedad.
—No, cariño. Nunca se había comportado así.
Dos días después ocurrió algo que lo cambiaría todo.
El domingo por la mañana, a las 9:17, el teléfono volvió a sonar.
Papá estaba sentado en el sofá.
Teddy corrió repentinamente hacia el aparato.
Pero esta vez no se limitó a ladrar.
Agarró el cable del teléfono con los dientes y tiró con tanta fuerza que el aparato entero cayó de la mesa.
El conector se soltó.
El teléfono dejó de sonar.
Papá se enfadó muchísimo.
—¡Teddy! ¿Qué estás haciendo?
El perro se quedó delante del teléfono caído, temblando y respirando rápidamente.
Por primera vez, mi padre sintió verdadero miedo ante su comportamiento.
Aquella tarde fui a su casa.
Intenté revisar el teléfono.