Sentí náuseas.
Todavía era mi padre.
El mismo hombre que me había enseñado a andar en bicicleta.
El que me compraba pan dulce los domingos cuando era niña.
Durante años había querido creer que su dureza era simplemente una forma equivocada de querer.
Pero había una diferencia enorme entre ser un hombre difícil y convertir a toda tu familia en herramientas para sostener tu ambición.
Los siguientes meses fueron los más duros de mi vida.
El proceso no desapareció mágicamente por haber encontrado la evidencia.
Seguí trabajando de noche.
Seguí estudiando.
Algunos días me dormía sobre los libros.
Una mañana me quedé en blanco durante una evaluación sobre conservación de ecosistemas costeros.
El profesor Javier Morales esperó hasta que todos salieran.
Miró mi hoja casi vacía.
—No sé qué te está pasando, Alicia, y no necesito saberlo. Pero la estudiante que llegó a mi clase en agosto no era ésta.