Sonrió.
—Entonces ven mañana y convence al comité.
No fue sencillo.
Pasé semanas elaborando presupuestos, planes de conservación y contratos.
Finalmente, una fundación vinculada a proyectos universitarios aceptó financiar parte de la restauración y aportar capital para resolver las obligaciones pendientes, a cambio de derechos de uso científico de una sección del terreno durante diez años.
Una cláusula prohibía desarrollos inmobiliarios incompatibles con la conservación.
Cuando la operación quedó registrada, los inversionistas que negociaban con mi padre se retiraron.
Ya no podían construir su complejo turístico.
Sin aquella venta, la empresa de Ricardo se desplomó.
Sus acreedores empezaron a reclamar.
Luego llegaron las investigaciones por las firmas.
Y las mismas personas delante de las cuales me había obligado a esconder mis lágrimas comenzaron a apartarse de él.
Una tarde estaba barriendo la terraza de la posada cuando escuché un vehículo entrar.