Marcela bajó la cabeza.
—Tu padre estaba bajo mucha presión.
—Tú estabas ahí.
No respondió.
Ricardo perdió la paciencia por un instante.
—¡No puedes dejar que tus padres terminen en la calle por resentimiento!
Aquello finalmente me dio la respuesta.
No había venido a pedirme perdón.
Había venido porque yo tenía algo que necesitaba.
Me acerqué al borde de la terraza.
No grité.
—No voy a hipotecar lo que la abuela protegió toda su vida para salvar el negocio que trató de destruirlo.
—Alicia…
—No.
Sólo esa palabra.
Mi padre se quedó inmóvil.
Después miró la posada, el mar y las ventanas que durante años había llamado “un montón de madera vieja”.
Quizá por primera vez entendió que ya no tenía ningún poder allí.
Se marcharon.
Tres meses después, su empresa entró en insolvencia.
Perdieron la casa grande.