—Porque tu abuela conocía perfectamente a Ricardo. Y dejó instrucciones.
Me pidió que no hiciera una escena, que no enfrentara a mi padre y que conservara cada mensaje que él me enviara.
—Mañana, a las nueve, se abrirá formalmente la sucesión testamentaria. Tu presencia es indispensable.
—¿Qué dejó mi abuela?
Hubo un silencio.
—Eso lo escucharás mañana. Pero hay algo que debo entregarte personalmente.
—¿Qué cosa?
—Una brújula de latón.
La conocía.
Había estado toda mi infancia sobre el escritorio de Elena. Era pesada, vieja y tenía una grieta en el cristal.
Mi abuela siempre decía:
—Cuando todos quieran decidir por ti hacia dónde caminar, primero encuentra tu propio norte.
Antes de colgar, don Arturo añadió:
—Tu padre cree que mañana heredará la posada y venderá el terreno. Déjalo creer.
Miré la iglesia.
En ese momento apareció mi hermana mayor, Fernanda. Abrió la camioneta y me entregó un termo con café.