Mi padre me impidió entrar al funeral de mi abuela y amenazó con dejarme sin universidad si desobedecía. “Tu futuro depende de mí”, me recordó antes de marcharse con mi madre. Yo sólo dije: “Está bien” y esperé hasta la mañana siguiente… porque unas horas antes de morir, mi abuela había firmado un documento que convertía la amenaza de mi padre en su peor problema.

Por un segundo pensé que venía a rescatarme.

Entonces habló.

—Ya deja de hacerte la víctima, Alicia. Papá está tratando de salvar el negocio.

Le expliqué, casi gritando, que me habían quitado el abrigo para impedirme despedirme de nuestra abuela.

Fernanda suspiró.

—Si hubieras sabido controlarte, nada de esto habría pasado.

Mi brazo golpeó accidentalmente el termo.

El café cayó sobre mi vestido.

Fernanda me miró empapada, temblando y llorando.

No preguntó si me había quemado.

—¿Ves? Por esto papá no quería meterte a la iglesia.

Salió y volvió con nuestros padres.

Desde el coche los vi reunirse bajo un mismo paraguas.

Entonces comprendí que para ellos yo no era una hija en duelo.

Era un problema que había que controlar.

Y todavía no podía imaginar lo que iba a pasar cuando se abriera el testamento de mi abuela.

PARTE 2

A las nueve de la mañana siguiente entré a una sala privada de una notaría de Ensenada con el mismo vestido negro, todavía marcado por el café.

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