Mi padre me impidió entrar al funeral de mi abuela y amenazó con dejarme sin universidad si desobedecía. “Tu futuro depende de mí”, me recordó antes de marcharse con mi madre. Yo sólo dije: “Está bien” y esperé hasta la mañana siguiente… porque unas horas antes de morir, mi abuela había firmado un documento que convertía la amenaza de mi padre en su peor problema.

Los bienes quedaron bloqueados mientras el conflicto se resolvía.

Yo era heredera de una propiedad valuada en millones de pesos y no tenía suficiente dinero para pagar el siguiente mes de renta.

Busqué trabajo.

Conseguí un turno nocturno en una empacadora de pescado del puerto.

Durante meses estudié de día y trabajé de noche. Regresaba oliendo a salmuera y pescado, dormía cuatro horas y volvía a clases.

Mi padre, mientras tanto, comenzó a decir por todo Ensenada que yo había engañado a una anciana enferma.

Personas que me conocían desde niña dejaron de saludarme.

Una mañana, después de un turno de nueve horas, Ricardo y Marcela aparecieron frente a la planta.

Papá llevaba una carpeta.

—Quiero acabar con esta guerra.

Me ofreció pagar mis estudios completos, devolverme el departamento y entregarme un cheque por una cantidad suficiente para cambiar mi vida.

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