Los bienes quedaron bloqueados mientras el conflicto se resolvía.
Yo era heredera de una propiedad valuada en millones de pesos y no tenía suficiente dinero para pagar el siguiente mes de renta.
Busqué trabajo.
Conseguí un turno nocturno en una empacadora de pescado del puerto.
Durante meses estudié de día y trabajé de noche. Regresaba oliendo a salmuera y pescado, dormía cuatro horas y volvía a clases.
Mi padre, mientras tanto, comenzó a decir por todo Ensenada que yo había engañado a una anciana enferma.
Personas que me conocían desde niña dejaron de saludarme.
Una mañana, después de un turno de nueve horas, Ricardo y Marcela aparecieron frente a la planta.
Papá llevaba una carpeta.
—Quiero acabar con esta guerra.
Me ofreció pagar mis estudios completos, devolverme el departamento y entregarme un cheque por una cantidad suficiente para cambiar mi vida.