Uno de ellos se inclinó hacia mi padre.
—Los inversionistas vienen mañana. Sin el terreno no podemos cerrar la operación.
Entonces entendí.
Ricardo ya había negociado con desarrolladores la futura venta de la propiedad. Querían demoler la vieja posada, construir condominios turísticos y abrir un complejo privado frente al mar.
Necesitaba ese dinero para cubrir las deudas de su empresa.
El funeral no había sido sólo una oportunidad para impresionar banqueros.
Era parte de una operación comercial.
Antes de salir, don Arturo puso en mi mano la brújula de Elena.
Papá me interceptó en el pasillo.
—No sabes lo que estás haciendo. Esa propiedad te va a destruir.
Horas después cumplió su amenaza.
Canceló el dinero con el que pagaba mi renta, mis materiales y mis gastos universitarios.
Peor aún: sus abogados impugnaron el testamento alegando que yo había manipulado a mi abuela cuando supuestamente sufría deterioro mental.