Papá tenía una pequeña empresa de construcción. Adrián empezó a trabajar con él apenas terminó la preparatoria. Hablaban de permisos, cemento, clientes y presupuestos durante horas.
Yo tallaba madera.
Desde adolescente vendía cajas, figuras y tableros. A los 25 años ya había personas dispuestas a pagar cientos de dólares por mis piezas.
Pero para mi padre aquello nunca dejó de ser “mi pasatiempo”.
Cuando Adrián ganaba algo, papá lo celebraba.
Cuando yo recibía un premio artesanal, decía:
“Qué bien, hijo.”
Y después preguntaba por la obra de Adrián.
Durante años seguí fabricándole regalos.
Un marco.
Una caja para su escritorio.
Un perchero tallado.
Encontré el perchero en el garaje detrás de unas cubetas de pintura.
La caja terminó en el sótano.
Siempre me decía lo mismo.
Tal vez el próximo regalo sea diferente.