Ni siquiera me vio.
Guardé el ajedrez en mi camioneta.
No entré por mi chamarra.
No reclamé.
No lloré.
Simplemente conduje hasta mi departamento.
Y desde ese día dejé de volver a casa.
Pasaron semanas.
Mamá me invitaba a cenar los domingos y yo decía que tenía trabajo.
Adrián me llamó una vez.
“¿Todo bien?”
“Sí.”
“Bueno. No desaparezcas.”
Eso fue todo.
Papá no llamó.
Ni una sola vez.
6 semanas después, mamá apareció con una charola de pollo con arroz.
“Mateo, ¿qué está pasando?”
Estuve a punto de contarle lo del ajedrez.
Pero conocía la respuesta.
“Tu padre no quiso hacerlo.”
“Sabes cómo es.”
“Él te quiere a su manera.”
Así que guardé silencio.
Le dije que estaba concentrado en mis pedidos.
Lo que mamá no sabía era que, pocos días antes, yo había estado limpiando la vieja cabaña de mi abuelo Julián.