Él había muerto 4 años atrás.
Mamá y mi tía Cecilia estaban pensando en venderla.
Yo abrí un antiguo baúl metálico buscando documentos de mantenimiento.
Encontré cartas.
Recibos.
Fotografías.
Y debajo de todo, una carpeta.
Dentro había una versión anterior del testamento de mi abuelo.
En una de las páginas aparecía mi nombre.
Leí la frase una vez.
Luego otra.
Y una tercera.
“La cabaña y el terreno que la rodea serán para Mateo, porque es el único que ama este lugar como yo.”
Me senté en la cama de mi abuelo con el documento temblando entre mis manos.
Por primera vez en años sentí que alguien dentro de aquella familia realmente me había visto.
Pero había un problema.
En el testamento presentado después de su muerte, esa cláusula había desaparecido.
Y nadie me había dicho jamás que había existido.