Durante los siguientes diez días permanecí hospitalizada.
Mi recuperación física fue más rápida que la emocional.
A veces despertaba de madrugada con la sensación de volver a estar sola en el acotamiento.
Otras veces me daba rabia recordar cuántas humillaciones toleré para “no causar problemas”.
Teresa confundiendo mi nombre a propósito.
Teresa opinando sobre mi sueldo.
Teresa entrando a nuestra casa sin avisar.
Adrián pidiéndome siempre lo mismo:
—Déjala, así es ella.
Esa frase había sido la llave que abrió la puerta a todo.
Cada falta de respeto que yo callé le enseñó que podía avanzar un poco más.
Y cada vez que Adrián guardó silencio, le enseñó que él estaría de su lado.
Javier iba todos los días.
Me llevaba caldo, fruta, libros y noticias del caso.
—Tu suegra ya habló con media familia —me dijo una tarde—. Está diciendo que tú preparaste todo para humillarla.