Mi suegra abrió la puerta, tiró mi bolso al suelo y dijo: “Muérete si quieres, pero deja de arruinarnos el día”. Mi esposo me abandonó con un dolor insoportable y se llevó la camioneta que yo había pagado con mis ahorros. Yo apenas podía moverme, pero alcancé a hacer una llamada. Cuando el cirujano confirmó lo cerca que estuve de morir, ya había otra sorpresa esperando a los dos.

—¿También preparé mi apéndice?

—Parece que sí. Muy organizada tú.

Me reí por primera vez desde la operación y me dolió la herida.

La sonrisa duró poco.

—¿Y Adrián?

—Quiere verte.

—No.

—Eso dije.

Dos semanas después me dieron de alta.

No volví al departamento que compartíamos. Me fui a casa de Javier.

El contrato de renta estaba a mi nombre, así que pedí la terminación y acordé con la propietaria una fecha para entregar el inmueble.

Fui a recoger mis cosas acompañada por mi hermano.

Adrián estaba ahí.

Había adelgazado. Tenía barba de varios días y esa mirada de cachorro perdido que antes me habría roto el corazón.

—Mariana, por favor.

Seguí doblando ropa.

—No hagas esto.

Me giré.

—¿Qué cosa?

—Tirar nuestro matrimonio por un error.

Sentí una calma extraña.

—Un error es olvidar un aniversario. Un error es equivocarte de salida. Tú me viste doblada de dolor, escuchaste que te pedía un hospital y permitiste que tu madre me sacara de mi propia camioneta.

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