Mi suegra abrió la puerta, tiró mi bolso al suelo y dijo: “Muérete si quieres, pero deja de arruinarnos el día”. Mi esposo me abandonó con un dolor insoportable y se llevó la camioneta que yo había pagado con mis ahorros. Yo apenas podía moverme, pero alcancé a hacer una llamada. Cuando el cirujano confirmó lo cerca que estuve de morir, ya había otra sorpresa esperando a los dos.

—Mamá, sí se ve mal.

—Se ve dramática —respondió Teresa—. Y si nos detenemos, perdemos la comida, la reservación y todo.

Entonces vomité.

Adrián frenó en el acotamiento. Bajé como pude y apenas alcancé a sostenerme de la puerta.

—Llévame a urgencias —le supliqué.

Teresa se bajó detrás de mí, cruzó los brazos y dijo una frase que jamás voy a olvidar:

—Si de verdad te estás muriendo, muérete sin hacernos responsables.

Yo miré a mi esposo.

—Adrián… por favor.

Él bajó la cabeza.

Y lo que hizo después me demostró que yo nunca había conocido al hombre con el que me casé.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2

—Bájate.

—¿Qué estás haciendo? —alcancé a decir.

—Quitando el problema de en medio.

Apenas podía sostenerme. Terminó sacándome del asiento y caí de rodillas sobre la tierra.

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