Mi suegra abrió la puerta, tiró mi bolso al suelo y dijo: “Muérete si quieres, pero deja de arruinarnos el día”. Mi esposo me abandonó con un dolor insoportable y se llevó la camioneta que yo había pagado con mis ahorros. Yo apenas podía moverme, pero alcancé a hacer una llamada. Cuando el cirujano confirmó lo cerca que estuve de morir, ya había otra sorpresa esperando a los dos.

—¡Adrián! —grité.

Mi esposo dio dos pasos hacia mí.

Por un instante pensé que iba a enfrentarla.

No lo hizo.

—Mamá, ya… no exageres.

—¿Yo exagero? —respondió ella—. Esta mujer te ha puesto en mi contra desde que se casaron. Hoy se va a dar cuenta de que no puede manipularnos.

Sacó mi bolsa y la dejó junto a mí.

—Ahí tienes tu teléfono. Pide un taxi, una ambulancia o un helicóptero si quieres.

Yo miré a Adrián.

—Esta camioneta es mía.

Él apretó la mandíbula.

—Luego te la regreso.

—No tienes mi permiso para llevártela.

Teresa soltó una risa seca.

—Ay, por favor. Ahora hasta ladrones somos.

Adrián subió al asiento del conductor.

No volvió a mirarme.

La camioneta se alejó y yo me quedé sola en la orilla de la carretera, con el ruido de los tráileres pasando a lo lejos y un dolor que ya me hacía ver borroso.

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