Mi suegra abrió la puerta, tiró mi bolso al suelo y dijo: “Muérete si quieres, pero deja de arruinarnos el día”. Mi esposo me abandonó con un dolor insoportable y se llevó la camioneta que yo había pagado con mis ahorros. Yo apenas podía moverme, pero alcancé a hacer una llamada. Cuando el cirujano confirmó lo cerca que estuve de morir, ya había otra sorpresa esperando a los dos.

Entonces lo recordé.

Dos meses antes, después de un intento de robo en el estacionamiento de mi oficina, había instalado un localizador autorizado por la aseguradora. Javier incluso tenía acceso como contacto de emergencia.

—Sí.

—Perfecto. No hagas nada más. Yo voy hacia ti y voy a avisar a la aseguradora y a la autoridad. Tú concéntrate en respirar.

Quince minutos después llegó la ambulancia. El paramédico me exploró y su cara cambió de inmediato.

—Probable apendicitis aguda. Hay que trasladarla ya.

Mientras me subían a la camilla, una patrulla de la Guardia Nacional se detuvo detrás.

Expliqué lo ocurrido. Mostré desde mi teléfono los datos del vehículo y la ubicación en tiempo real.

El oficial tomó nota.

—¿Usted autorizó que se llevaran la unidad después de dejarla aquí?

—No.

—Entonces vamos a localizarla.

La ambulancia arrancó con la sirena encendida.

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