Yo ya estaba conectada a una vía cuando Javier me llamó de nuevo.
—Mari, ya la ubicaron. Van rumbo a la zona de la cabaña.
—¿Y ellos?
—No saben nada todavía.
Cerré los ojos.
A veinte kilómetros de ahí, Teresa iba comiendo cacahuates como si hubiera ganado una guerra.
—¿Ves? —le decía a Adrián—. Ni una llamada. Puro teatro.
Pero cinco minutos después una patrulla les hizo señas para detenerse.
Adrián se puso pálido.
Teresa comenzó a gritar que era “la camioneta de la familia”.
El agente pidió documentos.
No tenían ninguno a su nombre.
Luego recibieron la confirmación de que la propietaria estaba siendo trasladada de urgencia y había denunciado que la dejaron en situación de riesgo.
Adrián empezó a repetir:
—Yo no quería dejarla. Mi mamá me presionó.
Ese fue el primer golpe.