Mi suegra abrió la puerta, tiró mi bolso al suelo y dijo: “Muérete si quieres, pero deja de arruinarnos el día”. Mi esposo me abandonó con un dolor insoportable y se llevó la camioneta que yo había pagado con mis ahorros. Yo apenas podía moverme, pero alcancé a hacer una llamada. Cuando el cirujano confirmó lo cerca que estuve de morir, ya había otra sorpresa esperando a los dos.

El segundo llegó en el hospital.

El cirujano salió a hablar con Javier después de operarme y le dijo:

—Llegó justo a tiempo. El apéndice estaba perforándose. Si se retrasa más, esto podía terminar en una infección abdominal grave.

Pero todavía faltaba algo que ninguno de ellos sabía.

El localizador no era la única prueba que había dejado mi camioneta.

Y cuando Javier descubrió lo que se había grabado dentro de ella, entendimos que la historia acababa de cambiar por completo.

PARTE 3

Desperté de la anestesia cerca de la medianoche.

Lo primero que vi fue a Javier dormido en una silla, con los brazos cruzados y la cabeza apoyada contra la pared.

—Javi…

Abrió los ojos de inmediato.

—Mari. ¿Cómo te sientes?

—Como si me hubiera atropellado un camión.

Sonrió apenas.

—El médico dice que vas a estar bien. Llegaste a tiempo.

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