También visitamos el café.
El café realmente era excelente.
La mujer que trabajaba allí le dio a Sophie una galleta con su chocolate caliente porque, según dijo, Sophie parecía alguien que había estado haciendo un trabajo importante y merecía una.
Sophie estuvo de acuerdo.
Se sentó junto a la ventana, comiendo su galleta y leyendo el cuento que papá había escrito.
Y comencé a pensar en el amor de una manera diferente.
No como una emoción.
Sino como una acción.
Prestar atención.
Recordar.
Darse cuenta de lo que alguien necesita.
Y hacer algo al respecto.
Papá había hecho eso durante toda la vida de Sophie.
Se fijaba en lo que la hacía reír.
En lo que la asustaba.
En las historias que amaba.
En el sueño que creía que nunca podría cumplir.
Y aun mientras se enfrentaba a su propia muerte, seguía mirando hacia afuera.