Hacia nosotras.
Puso su amor dentro de cosas.
Para que pudiéramos conservarlo.
La tercera noche me senté en el banco que había marcado para contemplar la puesta de sol.
Sophie estaba durmiendo en el hotel.
El señor Caruso se había ofrecido a vigilarla mientras yo cruzaba la calle.
Confiaba en él.
Papá también.
Llevé conmigo la bola de nieve.
El atardecer sobre el océano era casi irreal.
Naranja.
Dorado.
Morado.
Ese tipo de belleza que parece excesiva.
Agité la bola una vez.
La purpurina comenzó a girar.
Pensé en Sophie corriendo hacia las olas aquella primera tarde.
Su risa.
Su rostro lleno de alegría.
Su expresión diciendo:
«Mira, mamá.»
«Mira lo que existe.»
Papá había hecho que aquel momento sucediera antes que todo lo demás.
Antes de que supiéramos que había muerto.
Había protegido la alegría de Sophie.