Lo era.
No suficiente.
Pero bueno.
Nos escoltaron hasta un auto.
Antes de subir, Leonardo me dijo:
—¿Dónde se hospedan?
—No voy a decírtelo.
—Está bien.
Pareció dolerle, pero no insistió.
—Mi asistente te dará un número directo. Sin abogados. Sin intermediarios.
—Ya veremos.
Ethan subió primero.
Caleb después.
Adrian se quedó un segundo mirándolo.
—¿Le gustan los perros? —preguntó de pronto.
Leonardo parpadeó.
—Sí.
—Tenemos uno. Se llama Newton. Si quiere conocernos, tendrá que caerle bien a Newton.
Leonardo, el hombre de cien mil millones, el dueño de media Manhattan, el temido estratega financiero, asintió con total seriedad.
—Haré todo lo posible para ganarme su aprobación.
Adrian pareció satisfecho.
—Es exigente.
—Lo tendré en cuenta.
En el auto, mis hijos no hablaron durante varios minutos.
Yo miraba las luces pasar por la ventana.
Había esperado sentir alivio.
En cambio, me sentía como si una puerta sellada durante catorce años se hubiera abierto de golpe y todo el polvo estuviera llenándome los pulmones.