Una tarde, la psicóloga me dijo:
—No intente convertirla en investigadora de su propia historia. Ya contó lo que necesitaba contar. Ahora le toca volver a ser niña.
Me lo tomé en serio.
Dejé de preguntarle por Sergio.
Dejé de preguntarle por Mariana.
Hablábamos de dibujos, de tareas, de su obsesión con los ajolotes y de por qué consideraba una injusticia universal que yo pusiera cebolla en los huevos.
La primera convivencia supervisada con Mariana ocurrió casi seis semanas después.
Sofía quiso ir.
Eso me sorprendió.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Puedes cambiar de opinión.
—Ya sé.
Mariana llegó sin regalos.
Me alegró.
Durante años había visto a su familia usar regalos como sustituto de disculpas.
Se sentó frente a nuestra hija con una orientadora presente.
—Sofía, tengo que decirte algo.
Mi hija la observó seria.
—Cuando me dijiste que te dolía, debí ayudarte.