Sofía la leyó.
—¿Tengo que contestar?
—No.
—Entonces no quiero.
Guardó la carta en un cajón y salió a jugar.
La investigación legal siguió su curso sin que yo le contara cada detalle. Había aprendido algo importante: proteger a mi hija no significaba esconderle la verdad, pero tampoco obligarla a cargar con problemas que pertenecían a los adultos.
El divorcio terminó casi un año después.
La custodia principal quedó conmigo. Las convivencias de Mariana se ampliaron gradualmente porque cumplió con terapia, respetó las medidas y, sobre todo, dejó de poner a Sergio por encima de Sofía.
Nunca volvimos como pareja.
Una tarde, mientras esperábamos a nuestra hija afuera de su clase de dibujo, Mariana me preguntó:
—¿Algún día vas a perdonarme?
Pensé antes de contestar.
—Probablemente.
Me miró sorprendida.
—¿Entonces todavía hay alguna posibilidad para nosotros?
—No.
Sus ojos se humedecieron.