Papá… me duele tanto la espalda que no puedo dormir. Mamá me dijo que no te lo contara». Acababa de regresar de un viaje de negocios cuando mi hija de ocho años me reveló en voz baja el secreto que su madre nunca quiso que yo escuchara.

Leí la frase dos veces.

—¿Está bien? —preguntó.

—Está perfecta.

—La maestra dijo que quizá debería poner algo más divertido.

—¿Como qué?

—No sé. “Los viernes cenamos pizza.”

—También es una gran regla.

Rodó los ojos.

Después se quedó callada.

—Papá.

—¿Qué pasó?

—¿Te arrepientes de haber ido a Monterrey aquella vez?

Sabía exactamente de qué hablaba.

—No.

—Si no hubieras viajado, tal vez mamá no me habría empujado.

—Puede ser.

—Entonces sí deberías arrepentirte.

Negué con la cabeza.

—Yo no causé lo que pasó por haber viajado. Y tú no causaste lo que pasó por contármelo.

Sofía miró por la ventana.

—Durante mucho tiempo pensé que sí.

—¿Qué cosa?

—Que cuando te dije que me dolía la espalda, destruí nuestra familia.

Tuve que detenerme antes de arrancar.

—Escúchame bien. Nuestra familia ya estaba lastimada. Había mentiras, miedo y adultos tomando malas decisiones. Tú no rompiste nada.

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