Parte 2: EL CONSERJE ACUSADO Y LAS TRES HIJAS QUE CAMBIARON EL VEREDICTO

El viejo velador, sentado en la última fila del juzgado, se puso de pie con la cabeza agachada:

—Es verdad, señor juez. Me obligaron a firmar las bitácoras bajo amenaza de no pagar mi liquidación.

Robles estaba pálido, escurriendo en sudor frío y apretando los puños sobre el escritorio. Sin embargo, su abogado intentó salvarlo alegando que en la bodega de intendencia no había registros formales de recepción.

Fue entonces cuando Lucía sacó de su bolso un cuaderno viejo, desgastado por los años, con la pasta de cartón remendada con cinta canela y las hojas amarillentas escritas a mano con tinta azul.

Don Chema abrió los ojos desmesuradamente:

—Hija… esa es mi libreta…

—Sí, papá —respondió Lucía con una sonrisa que mezclaba orgullo y revancha—. Tu libreta.

Durante más de treinta años, maestros y directores se burlaron de la manía de Don Chema de anotar absolutamente todo. Pero ahí estaba la verdad escrita día por día: cada foco cambiado, cada banco soldado, cada caja recibida con nombre del transportista, número de placas y el estado real en que llegaban las cosas.

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