Pero Rowan no hizo eso.
Hizo algo mucho más revelador.
Miró mi teléfono sobre la mesa.
Luego miró a mi padre.
Y preguntó:
—¿Qué sabe ella?
Sentí un frío recorrerme.
No preguntó cómo estaba yo.
No preguntó por el bebé.
Preguntó qué sabía.
Mi padre también lo notó.
—Creo que deberías responder eso, hija.
Abrí la carpeta que estaba junto a la cama.
La misma que había llevado durante tres días.
La dejé sobre la mesa.
—Sé lo del dinero.
El rostro de Rowan perdió color.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
Saqué la primera hoja.
—La empresa que usaste para justificar gastos de consultoría.
Otra hoja.
—Las transferencias mensuales.
Otra.
—Los pagos de hoteles.
Su silencio fue suficiente.
—¿Me estabas investigando?
Negué.
—Te estaba revisando.
—¿Por qué?
Lo miré.
Porque esa era la verdadera pregunta.
No por qué había descubierto sus mentiras.