Les ofrecí varias alternativas.
Podían quedarse en su casa con ayuda doméstica y adaptaciones para que mi padre no tuviera que realizar trabajos pesados.
Podían trasladarse a una vivienda más pequeña, sin escaleras, cerca de los servicios médicos.
O podían venir a Madrid y vivir cerca de mí.
No impuse ninguna opción.
Una tarde, después de hablarlo a solas, me llamaron al patio.
Los geranios seguían allí, aunque varias macetas necesitaban tierra nueva.
Joaquín se apoyó en su bastón.
—Hemos decidido quedarnos.
Sonreí.
—Entonces nos quedamos.
Pilar añadió:
—Pero queremos aceptar ayuda. Ya no podemos hacerlo todo como antes.
—Por supuesto, mamá.
—Y queremos que el dinero que nos envías llegue directamente a nuestra cuenta —dijo ella—. No queremos que nadie tenga que administrarlo por nosotros sin que lo sepamos.
—Así será.
Organizamos una revisión de sus gastos, un sistema de pagos que pudieran consultar fácilmente y visitas periódicas de una persona que los ayudara con las tareas domésticas.