También contratamos a alguien para reparar la puerta de la bodega.
Mi padre protestó al principio.
—Esa puerta la he arreglado yo toda mi vida.
—Y ahora puedes supervisar al profesional —le respondí—. No tienes que subirte a una escalera para demostrar que todavía puedes hacerlo todo.
Joaquín me miró con una mezcla de orgullo y resignación.
—Te has vuelto muy mandón, muchacho.
Nos reímos.
Era la primera risa sincera que escuchaba en aquella casa desde mi llegada.
Pero había una decisión más difícil pendiente.
¿Qué iba a ocurrir con Sergio?
Mis padres hablaron con él por separado. Le explicaron que no aceptarían la transmisión de la casa y que no volverían a entregar documentos ni dinero sin comprender exactamente para qué se utilizarían.
También le dijeron que podía buscar ayuda para ordenar sus deudas, pero que ellos no hipotecarían su futuro para resolverlas.