—Y vosotros teníais una vida que cuidar. Debí haber preguntado más, visitado más y prestado atención cuando decíais que todo estaba bien.
Joaquín negó lentamente con la cabeza.
—No quiero que conviertas esto en una deuda que tienes que pagar, hijo.
Aquella frase me dejó sin palabras.
Era exactamente lo que Pilar me había dicho durante mi infancia, cuando yo intentaba compensar cada favor, cada regalo y cada gesto de cariño.
Joaquín me apretó la mano.
—Te adoptamos porque queríamos un hijo. No porque necesitáramos que nos salvaras cuando fuéramos viejos.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Lo sé, papá.
—Pues acuérdate de eso. Queremos que estés aquí porque te gusta estar con nosotros. No porque creas que nos debes la vida.
Lo abracé.
Y durante un rato nos quedamos sentados sin hablar, escuchando los sonidos del barrio y el viento moviendo las hojas del patio.