Un domingo, varios meses después, encontré a Joaquín sentado en el patio.
La puerta de la bodega estaba reparada. Las macetas tenían tierra nueva y Pilar había colocado una pequeña mesa junto a los geranios.
Me senté a su lado.
—¿En qué piensas, papá?
Él tardó en responder.
—En que debí haber detenido a Sergio antes.
—No podías saber hasta dónde llegaría.
—Pero sí veía que tu madre estaba cansada. Veía que trabajaba demasiado. Y muchas veces preferí no discutir con él.
Miró sus manos, marcadas por décadas de trabajo.
—Quizá pensé que, si guardábamos silencio, todo volvería a ser como antes.
Le apoyé una mano en el hombro.
—Yo también cometí errores. Me fui a Madrid y pensé que, mientras enviara dinero y llamara por teléfono, todo estaba bien.
—Tú tenías tu vida que construir.