Parte 2: La abogada seguía en la línea. Le repetí exactamente

Laura tenía razón.

Mi rabia no podía convertirse en otra forma de decidir por mis padres.

—¿Puedes venir mañana?

—Puedo organizar una consulta con ellos cuanto antes. Mientras tanto, guarda copias de los documentos y evita que se manipulen o desaparezcan.

Colgué.

Sergio había escuchado suficiente para entender que ya no podía manejar la situación como si nadie fuera a cuestionarlo.

—¿De verdad vas a traer abogados a nuestra casa? —preguntó.

—Es la casa de papá y mamá. Ellos decidirán quién los asesora.

—¡Yo soy su hijo!

—Yo también.

—¡Pero tú ni siquiera eres de su sangre!

El silencio fue absoluto.

Pilar dejó el paño que tenía en las manos.

Joaquín se levantó despacio.

Y yo sentí que aquella frase abría una herida antigua que creía cerrada.

Tenía diez años cuando perdí a mis padres biológicos. Durante mucho tiempo me pregunté por qué nadie me elegía para quedarse.

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