Hasta que Joaquín y Pilar me abrieron la puerta de su casa.
Nunca me exigieron que olvidara de dónde venía. Nunca utilizaron mi adopción para recordarme que era diferente.
Por eso, escuchar aquello en su comedor me dolió tanto.
Pero antes de que pudiera responder, mi padre habló.
—¡Basta, Sergio!
Su voz, debilitada por la edad, resonó con una fuerza que ninguno esperábamos.
—Álvaro es nuestro hijo. Lo adoptamos porque lo quisimos. Lo criamos porque era nuestro hijo. Y lo sigue siendo porque así lo sentimos. No vuelvas a utilizar su adopción para humillarlo.
Sergio bajó la mirada.
Joaquín continuó:
—Si hemos cometido errores contigo, los hablaremos. Pero no voy a permitir que conviertas a tu hermano en un extraño dentro de esta casa.
Pilar comenzó a llorar en silencio.
Yo me acerqué a ella y le tomé las manos.
Estaban frías.