La sentencia fue contundente.
Ambos fueron declarados culpables.
Raymond también enfrentó cargos relacionados con las agresiones y los robos descubiertos durante la investigación.
Mitchell pidió verme una última vez.
Nos encontramos en un parque.
Traía una pequeña bolsa.
Dentro había fotografías de Daisy desde que nació.
—Nunca fui el padre que ella necesitaba.
No respondí.
—Elegí creerles a ellos porque era
más fácil que aceptar que mi propia familia era capaz de hacer algo así.
Levantó la vista.
—Lo siento.
Respiré profundamente.
—El perdón no cambia lo que vivió nuestra hija.
Él asintió.
—Lo sé.
Aceptó todas las condiciones del divorcio y renunció a discutir la custodia.
Comenzó terapia por decisión propia.
No para recuperar nuestro matrimonio.
Sino para intentar convertirse, algún día, en alguien digno de volver a mirar a su hija a los ojos.
Pasó casi un año.