Cuando me estacioné en la entrada, vi el coche de Marcos. La casa estaba en silencio.
Entré sin hacer ruido. Le dije a Leo que se quedara en la sala viendo dibujos animados y subí las escaleras paso a paso, con el corazón en la garganta.
La puerta de nuestra habitación estaba entreabierta.
Al asomarme, vi a Marcos sentado en el borde de la cama, de espaldas a mí, mirando fijamente la pantalla de su teléfono. Tenía la cabeza entre las manos, como si estuviera cargando un peso enorme.
Empujé la puerta por completo. El chasquido de la madera lo hizo dar un brinco.
—¿Amor? Llegaron temprano… —empezó a decir, pero se detuvo al ver mi cara.
—Acabo de encontrarme a Mariana en el supermercado —solté directamente.
El teléfono de Marcos casi se le cae de las manos. Su rostro perdió todo el color en un segundo.