PARTE 2: La firma que nunca llegó a la escriturakara

Lucía tardó varios segundos en responder.

—Según estos documentos, tu participación fue vendida cuando tenías veintidós años.

—Yo nunca vendí nada.

La compradora había sido una sociedad llamada Salgado Patrimonial.

Salgado.

El apellido de soltera de mi madre.

Y la persona que autorizó aquella venta en mi nombre aparecía en la última página.

Patricia Salgado de Ortega.

Mi propia madre.

Regresé mentalmente a la conversación detrás de aquella ventana.

“La pobre nunca se enterará.”

De repente entendí que quizá mamá no estaba hablando solamente de la casa.

Lucía abrió el último archivo.

La participación que habían vendido por una cantidad relativamente pequeña años atrás formaba ahora parte de una compañía valorada en cientos de millones.

Y según una cláusula del testamento de mi abuelo, aquella venta podía ser impugnada si mi consentimiento había sido falsificado.

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