—Esto no empezó con la casa —dijo Lucía.
Sentí frío.
Revisamos mis archivos antiguos.
Entonces encontramos algo todavía más extraño.
Siete años atrás, exactamente cuando comencé a ahorrar, mi padre había abierto una carpeta
bancaria a mi nombre.
Yo recordaba aquella cuenta.
Papá había dicho que conocía al gerente y podía conseguirme mejores condiciones.
Pero entre los documentos había una hoja que nunca había visto.
“Origen proyectado de fondos: venta futura de participación Ortega Ingeniería.”
Me quedé mirando el nombre.
—Yo trabajo en ingeniería, pero no soy propietaria de ninguna empresa familiar.
Lucía buscó el registro correspondiente.
Ortega Ingeniería había existido.
La había fundado mi abuelo.
Cuando murió, su participación se dividió entre sus hijos.
Y una parte había quedado reservada para sus nietos.
Incluyéndome.
—¿Cuánto? —pregunté.