—Entonces alguien va a querer saber qué hay dentro.
A las 2:15 de la madrugada, mientras la familia seguía en la casa esperando respuestas, llegó una llamada al teléfono de Adriana.
Un número desconocido.
Lucía contestó.
No dijo nada.
Durante cinco segundos solo escuchó respiración.
Después una voz masculina susurró:
—¿Quién tiene ese teléfono?
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Quién habla?
La voz guardó silencio.
Luego dijo algo que hizo que la sangre se le helara.
—Si Adriana te dejó la llave, significa que ya sabes que ella no murió por una caída.
Pausa.
—Pero todavía no sabes quién la empujó.
La llamada terminó.
Lucía miró a Mateo.
El niño seguía sentado junto al ataúd.
Pero ahora ya no parecía estar esperando un sonido.