Durante mucho tiempo había creído que el mayor acto de amor que podía ofrecerle a mi esposa era vengar su muerte.
Ahora comprendía que había algo más difícil.
Criar a nuestra hija sin enseñarle a odiar.
Protegerla sin encerrarla.
Contarle la verdad sin obligarla a cargar con todos los errores de los adultos.
Y aprender a vivir con una ausencia que nunca desaparecería por completo.
Antes de apagar la luz, miré la fotografía de Elena.
—Lo estoy intentando —susurré—. No todos los días lo hago bien. Pero lo estoy intentando.
El silencio de la habitación no me respondió.
Y, por primera vez, no necesité que lo hiciera.
Porque al día siguiente Abigail despertaría, me pediría el desayuno, perdería uno de sus zapatos y se reiría de algo que yo no entendería.
La vida continuaría.