Elías la ayudó a bajar y la condujo adentro. La casa era austera, pero limpia. Una mesa, dos sillas, una chimenea encendida, una cocina pequeña y una habitación al fondo. Él volvió a sacar la libreta y escribió:
“La recámara es tuya. Yo dormiré aquí.”
Clara lo miró, sorprendida.
—No hace falta.
Él escribió otra vez.
“Ya está decidido.”
Aquella noche, mientras deshacía su pequeña maleta en el cuarto, Clara lloró por primera vez desde que empezó todo. No hizo ruido. Solo dejó que las lágrimas cayeran sobre el vestido viejo de su madre, como si cada una enterrara un pedazo de la vida que ya no iba a tener.
Los primeros días fueron fríos en todos los sentidos. Elías se levantaba antes del amanecer, salía a atender el ganado, arreglar cercas o cortar leña, y volvía con la ropa impregnada de humo y viento. Clara cocinaba, barría, cosía, lavaba en silencio. Se comunicaban con la libreta.