Habrá tormenta.”
“Necesito revisar el pozo.”
“La harina está en el cajón de arriba.”
Nada más.
Sin embargo, al octavo día, algo cambió.
Clara despertó en plena noche por un ruido áspero, ahogado, como el gemido de un hombre que intenta no hacer ruido. Salió de la habitación y encontró a Elías en el suelo, junto a la chimenea, con la mano apretada contra un lado de la cabeza. Tenía el rostro contraído de dolor, la piel húmeda de sudor y el cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse.
Clara se arrodilló a su lado.
—¿Qué te pasa?
Él no podía oírla, claro. Pero vio su boca moverse y, con una mano temblorosa, buscó la libreta. Escribió apenas dos palabras torcidas.
“Pasa seguido.”
Clara no le creyó. Nadie que “pasa seguido” termina así, retorciéndose sobre el suelo.