Unos días después todo estaba listo.En el gran salón de la mansión, las veinte mujeres aguardaban de pie, alineadas en una fila silenciosa bajo el brillo de los candelabros de cristal. Todas vestían túnicas blancas idénticas que ocultaban por completo sus figuras y sus rostros; únicamente sus manos reposaban extendidas al frente sobre pequeños cojines de terciopelo negro.
Alexander entró al salón acompañado por Michael, quien aún lo miraba con preocupación, temiendo que su jefe estuviera a punto de cometer la mayor locura de su vida. Pero el millonario tenía la mirada fija y el paso decidido. Durante años, había estado rodeado de mujeres que solo sonreían al ver sus cuentas bancarias, sus autos de lujo o su apellido. Estaba harto de las máscaras y de la hipocresía de la alta sociedad; sabía que los rostros podían fingir amor, pero las manos jamás mentían sobre la historia de una persona.