Caminó lentamente frente a la fila, observando con detenimiento cada par de manos.
Las primeras diez eran perfectas: piel de porcelana, uñas largas recién pintadas en salones exclusivos, dedos adornados con anillos caros que ni siquiera se habían molestado en quitarse y palmas tan suaves que jamás habían tocado una escoba ni conocido el esfuerzo. Alexander pasó de largo frente a todas ellas sin detenerse ni un segundo.
Siguió avanzando hasta llegar a la número dieciocho. Eran manos cuidadas, pero tensas; los dedos tamborileaban con impaciencia sobre el cojín, delatando ansiedad y ambición por saber si serían las ganadoras de aquella fortuna.
Finalmente, Alexander se detuvo frente a la última mujer de la fila, la número veinte.
Sus manos eran pequeñas y estaban completamente desnudas de joyas. Tenían las uñas cortas y limpias, la piel ligeramente reseca por el agua y el jabón, un par de pequeñas cicatrices antiguas en los nudillos y un leve callo en el dedo medio. Pero lo que más llamó la atención de Alexander fue que aquellas manos no temblaban de codicia; descansaban con una serenidad y una humildad que le transmitieron una paz inmediata.