Llegó en su vieja pickup, con botas llenas de tierra y una chamarra que parecía tener veinte años.
—Tú escoges, hija. El que va a pagar no tiene derecho a decidir más que tú —me dijo.
Mi suegra Teresa nunca entendió eso.
Desde la primera comida familiar preguntó cuánto había costado la camioneta, si todavía la debía y por qué una mujer “sin hijos” necesitaba un vehículo tan grande.
Su hija mayor, Fernanda, fue más directa.
—Préstamela el fin de semana. Quiero unas fotos bonitas.
—No presto mi herramienta de trabajo.
Desde ese día me consideró egoísta.
Daniel siempre intentaba suavizarlo todo.
“Ya conoces a mi mamá.”
“Fernanda es así.”
“No vale la pena pelear.”
El problema es que en su familia “evitar problemas” casi siempre significaba que yo tenía que ceder.
Meses después Daniel consiguió trabajo como gerente comercial en una importante cadena de agencias llamada Grupo Robles. Estaba fascinado con el dueño, un empresario misterioso al que casi nadie veía en persona. En las reuniones aparecía conectado sin cámara y los documentos importantes llegaban firmados únicamente como E.R.