Mi mamá, aquella mujer tranquila que mi suegra consideraba incapaz de levantar la voz, ya había llamado a un cerrajero.
Luego apareció una persona que no esperaba: Karla, la hermana menor de Daniel.
Llegó al hospital sin maquillaje, usando una sudadera enorme y cargando un pequeño conejo tejido para Sofía.
—Fernanda puso tu camioneta a la venta —dijo apenas cerró la puerta—. Ya recibió un anticipo de cien mil pesos.
Sentí que se me helaban las manos.