Claudia no fue procesada por la falsificación. Se comprobó que no conocía la garantía antes de escucharla en Ajijic y que no recibió dinero. Sin embargo, perdió su trabajo, vendió la casa y se mudó a otra ciudad. Antes de irse, envió una carta.
“Te envidiaba. Pensaba que tenías la familia perfecta y que yo no tenía nada. Cuando Andrés dijo que era infeliz contigo, le creí porque quería creerle. Pude detenerme muchas veces y no lo hice”.
Mariana leyó la carta y la guardó sin responder. Perdonar no era una obligación, y odiar tampoco.
Emiliano comenzó terapia porque seguía sintiéndose culpable. Un día, la psicóloga le preguntó quién era responsable cuando un adulto engañaba a un niño.
—El adulto —contestó él.
—Entonces, ¿por qué contigo debería ser diferente?
Semanas después, Emiliano dibujó una habitación sencilla, con escritorio, repisas y una ventana grande.