—Por eso usaremos a Emiliano —respondió Andrés—. Ya le enseñé fotos de casas con jardín. Quiere un cuarto grande y un perro. Si el niño insiste, ella cederá.
Mariana sintió que el aire desaparecía. Emiliano tenía diez años y no era hijo biológico de Andrés, aunque durante ocho años lo había llamado papá. Ahora comprendía por qué él llevaba semanas prometiéndole una casa en Zapopan con cancha de básquetbol.
El departamento estaba en la Colonia Americana. Su madre se lo había regalado antes de la boda y Mariana lo rentaba para ahorrar para la universidad de su hijo.
—¿Y el supuesto contrato del hotel? —preguntó Claudia.
Andrés soltó una risa seca.
—No existe. La empresa está hundida. Le debo dinero a proveedores y a Héctor Valdés. Con la venta pagamos una parte, movemos el resto por la empresa de Fernanda y luego dejamos quebrar la constructora.