Regresé de Alemania y fui primero al cementerio, como cualquier padre que llevaba ocho meses llorando a su hija. El cuidador bajó la voz: “Hubo funeral, pero nunca hubo entierro”. Guardé el teléfono, fingí no saber nada ante mi familia y esa noche abrí un archivo secreto. Lo que decía explicaba el accidente, el ataúd vacío y por qué alguien seguía pagando una clínica cada mes…

En vez de correr a buscar a Camila, anunció que regresaría a España.

Lo hizo durante una reunión en la empresa.

—El vuelo sale pasado mañana —dijo con tranquilidad—. Creo que volver aquí tan pronto fue un error.

Héctor lo estudió durante unos segundos.

—Quizá sea lo mejor. Necesitas descansar.

Rodrigo preguntó demasiado rápido:

—¿Entonces ya no vas a vender la empresa?

Su padre le lanzó una mirada.

Julián fingió no notarla.

—Por ahora, no.

Patricia lo llamó una hora después.

Parecía otra mujer.

Amable. Cariñosa. Aliviada.

—Me da gusto que hayas tomado esa decisión. Aquí todo te recuerda a Camila.

Julián apretó el teléfono.

—Sí. Demasiadas cosas.

Esa tarde recibió un mensaje de Mateo:

“Tenemos que hablar. Solo. Es sobre Camila.”

Se encontraron en una vieja bodega de la empresa, en la zona industrial.

Mateo llegó con el rostro pálido.

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