Regresé de Alemania y fui primero al cementerio, como cualquier padre que llevaba ocho meses llorando a su hija. El cuidador bajó la voz: “Hubo funeral, pero nunca hubo entierro”. Guardé el teléfono, fingí no saber nada ante mi familia y esa noche abrí un archivo secreto. Lo que decía explicaba el accidente, el ataúd vacío y por qué alguien seguía pagando una clínica cada mes…

Los médicos explicaron que la joven estaba en estado crítico, pero seguía con vida.

Entonces decidieron convertir una posible muerte en una muerte oficial.

Aprovecharon que Julián estaba recién operado en España y que ningún otro familiar cercano cuestionaría a Patricia.

Le dijeron que Camila había fallecido.

Con ayuda de documentos falsificados organizaron un funeral cerrado.

El ataúd que todos vieron estaba vacío.

Las fotografías se enviaron a Julián.

Después llevaron a Camila a una clínica con otro nombre.

Al principio, esperaban que muriera naturalmente.

Cuando sobrevivió, pagaron a Santillán para mantener su verdadera identidad oculta y manipular parte de su tratamiento.

Cada mes, irónicamente, el dinero utilizado para esconderla salía de las mismas empresas con las que robaban a Julián.

Patricia no había sido una esposa engañada.

Sabía todo.

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