Regresé de Alemania y fui primero al cementerio, como cualquier padre que llevaba ocho meses llorando a su hija. El cuidador bajó la voz: “Hubo funeral, pero nunca hubo entierro”. Guardé el teléfono, fingí no saber nada ante mi familia y esa noche abrí un archivo secreto. Lo que decía explicaba el accidente, el ataúd vacío y por qué alguien seguía pagando una clínica cada mes…

Sus labios se movieron.

Julián acercó el oído.

—Papá…

Él lloró por primera vez desde que había llegado a México.

Pero aquella vez no lloró frente a una tumba.

Lloró junto a una hija viva.

La investigación tardó meses en reconstruir lo ocurrido.

Camila había descubierto que Héctor, Patricia y Rodrigo desviaban millones de pesos mediante empresas controladas por amigos y prestanombres.

Mateo también había autorizado operaciones.

Cuando Camila amenazó con informar a su padre, la familia entró en pánico.

Héctor contactó a su antiguo chofer, Manuel Cárdenas.

Le pagó para provocar un accidente que pareciera un atropellamiento fortuito.

Manuel siguió a Camila durante varios días.

Finalmente la embistió cuando cruzaba una avenida después de salir de trabajar.

No murió.

Esa fue la primera cosa que salió mal para ellos.

Patricia y Héctor llegaron al hospital.

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